Cuando mi nieta de diez años me preguntó: -¿Abuelo, qué es el tercer mundo?-
Yo, que no había pensado mucho acerca de esto, porque siempre me pareció una estupidez eso de categorizar mundos para decir este es mejor, por lo tanto aquél otro es peor, y pasar con el rodillo gigante de la soberbia por encima de la dignidad de las personas de otros países, de otras sociedades o comunidades, traté de encontrar una explicación que no pusiera prejuicios de ninguna clase sobre la mente en formación de una criatura de diez años.
Comencé entonces por explicarle justamente eso; que no lo había pensado y que no lo tenía demasiado claro, pero que suponía que «tercer mundo» se refiere a «tercera persona».
Es decir: para alguien que digita y decide estas cuestiones del «pensamiento único» en todo el mundo y le cuenta al resto de sus propios congéneres del planeta cómo son los pueblos de otras latitudes.
Entonces el mundo ve a los «otros», justamente como eso: «los otros».
Ahora, supongamos que yo aceptara esto de catalogar y categorizar a las personas de un pueblo o país, como la Argentina, por ejemplo, que está según esta visión en el «tercer mundo»; ¿cómo tendrá que ver al resto?
Como habitante de «este lado del mundo», soy un «yo, un nosotros», primera persona… del singular y del plural, por consiguiente, los del «tercer mundo»; serían «los ellos», los que dicen ser del «primer mundo». («Ellos», tercera persona del plural)… «Tercer mundo».
A esta altura ya no sabía cómo seguir la explicación… y tanto mi nieta como yo, decidimos que mundo hay uno solo… con gente igual en todas partes…
Que los límites, las fronteras, los alambres de púas, lo muros, los construimos los hombres… porque también tenemos pensamientos limitados, fronterizos, mezquinos y encerrados en ideologías… en conceptos limitados…
Queremos ser libres… decimos que defendemos la libertad, pero se la negamos a los demás… los sojuzgamos, los esclavizamos con medidas económicas, con esclavitudes laborales y limitamos sus vidas a lo que a nosotros nos parece y nos conviene…
Diseñamos leyes de todo tipo para eso… leyes de educación, de salud, «de seguridad»…
Leyes donde se cargan de impuestos a los que no pueden y liberan de ellos a los que más pueden, que limitan incluso hasta la propia vida: Este nace. Este no. Este está viejo; ya no vive más… se muere… Y este enfermo o minusválido también… que no sea «una carga» para la sociedad… para el gobierno…
Y entonces esto de «ellos y nosotros»… de «terceros y primeros mundos», está «entre nosotros»… entre todos nosotros, lo que nos da la razón al razonamiento que logramos mi nieta y yo: mundo hay uno solo… ¡arruinado!… pero uno solo.
Cuando se tira un muro, como el muro de Berlín, por ejemplo, sabemos que se levantará otro… que puede ser en la Franja de Gaza o en la frontera con Méjico… como se levantó hace muchos siglos el de China y otros tantos que andarán por ahí separando gente… familias… y lo peor que nos puede pasar es que no nos demos cuenta que los límites peores que tenemos son los mentales, los espirituales… las divisiones y fronteras internas nuestras de razas, castas, ideas y religiones; que hacen de impedimento para que aceptemos a los demás…
Las feministas están en contra de los machistas y viceversa… los peronistas de los radicales y viceversa… los viejos en contra de los jóvenes y viceversa… los colectiveros en contra de los taxistas y viceversa…los homosexuales y transexuales están en contra de los heterosexuales y viceversa… y así se dividen los mundos entre los «nosotros y los ellos»… los «ellos y nosotros».
Y detrás de todo esto: el dinero… la conveniencia, manejándolo todo… y aquél que más tiene, debe hacerse esclavo de él para poder «seguir siendo libre», según su propia visión de la libertad, claro.
Y aquél que se encierra en sus propias fronteras mentales y espirituales, es el esclavo de esas ideas, filosofías, ideologías, etc. porque no se abre a otras ideas, a otros conceptos, a otras realidades que pueda compartir…
Y creo que por ahí pasa la cosa: por no estar dispuesto a compartir… de lo que se sigue, que la decisión de no compartir te hace esclavo… te hace «uno de ellos»…
En cambio el que comparte, es libre siempre y será recibido y reconocido en todas partes como «uno de nosotros», y los otros, «los ellos», que sigan eligiendo un mundo donde vivir.

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