Hoy, lo que se conoce como democracia, dista mucho de serlo de verdad. Han creado un sistema con ciertos parecidos, pero con características tales que hacen el camino llano a los incapaces de hacer algo por los pueblos, pero muy capaces para lograr sus propios beneficios y objetivos.

Tal como está hoy planteada esta pseudo democracia, que en realidad es más bien una anarquía atea con barniz de democracia, es el caldo ideal que se han ido generando ellos mismos: los demagogos.
Los demagogos no tienen más Dios que la soberanía del pueblo ni más templos que los comités, donde hacen culto a su extravagante deidad: ellos mismos, y por soberanía del pueblo no entienden más que la voluntad y dictados de su propio partido.
En sus lugares de reunión, tal como si fueran los cuarteles de su alto mando, se reúnen a pergeñar estrategias para la destrucción sistemática de las instituciones tradicionales establecidas y sabotear todo noble intento, venga de donde venga, de salvaguardar dichas instituciones.
Pretendidamente dicen querer el orden y la paz, pero sus verdaderas intenciones ¡y sobre todo acciones!, apuntan más bien a todo lo contrario; a saquear, a matar, a robar, a destruir y sacudir permanentemente a la sociedad con conflictos y tensiones de todo tipo, aunque sus discursos, en tiempos en que esto no les es posible, están cargados de palabras humanitarias y van encendiendo una vela por la paz cada vez que se dirigen al pueblo.
Desde los gobiernos de los países, y en nombre de este sistema actual al que pomposamente llaman «democracia», reinante en gran parte del mundo, se subvenciona grandemente a estos partidos, mediante la previa legislación establecida a este fin, y que se ha plantado como una semilla maligna en sus cartas magnas, esperando el cíclico momento de retornar y cambiar el poder de manos, ya que la demagogia está en el oficialismo de hoy, que será la oposición de mañana, y en la oposición de hoy, que será el oficialismo de mañana.
Quienes pertenecen a esta especie de prosapia que es la demagogia, hacen de ella un verdadero arte. Sobre todo en sus discursos públicos, donde ambos lados, oficialismo y oposición despliegan toda su verbosidad como la cola de los pavos reales en los foros de discusión pública; congresos, consejos, etc. y hasta en los medios de comunicación.
Hasta llegan a ser admirados en el exterior por sus discursos… citados y hasta emulados en otras partes del mundo.
Y mientras los ciudadanos se arroban detrás de sus palabras, ellos se roban todo lo que más pueden de los bienes que son comunes a todos… y lo que no se pueden robar, lo venden o lo dan en concesión de por vida y se quedan con el cobro de las ganancias.
Y así se va perdiendo cada vez más de una nación como la nuestra, en la que los ciudadanos estamos sometidos dulcemente con cuentos de sueños de patrias grandes, que nunca llegarán a serlo por los caminos propuestos por la casta de los demagogos.
Aunque tarde o temprano, las dificultades del país, que ellos mismos han generado, mueve también el piso donde están parados.
Entonces salen a cazar enemigos y culpables.
Los primeros de la lista son los del pasado… esos a los que se refieren como: -la pesada carga recibida de la gestión anterior-…
Y se sigue buscando y rebuscando, sirviéndose de las legítimas instituciones, previa y convenientemente contaminadas y corrompidas, en años cada vez más lejanos en la historia, hasta que ya es dificultoso encontrarlos vivos.
Entonces se buscan otros culpables y se apunta seguidamente el periodismo, a los medios de comunicación, que como por arte de magia se convierten entonces en los peores enemigos de los pueblos.
Pueblos que pasan a dividirse y a tomar partido por causas distintas en vez de abrazar una sola causa: la construcción de una nación.
Las naciones se dividen espiritualmente. El espíritu como nación se fragmenta en pedazos que ya no encajan… y ya se sabe: los reinos divididos no existen. Si un reino se divide en dos, ya no es un reino; son dos reinos diferentes.
Y se establece lo irreconciliable, lo irreparable, que recuerda aquél dicho diabólico de: divide y reinarás…
Por un lado el ateismo y por otro el fundamentalismo que se aprovechan de ese espíritu abierto como nación que tradicionalmente ha tenido un país como el nuestro, llegados desde lugares remotos con las grandes corrientes de inmigraciones ocurridas en ciertos momentos de nuestra historia como patria, arribando a estas tierras pos su promesa de libertad, trabajo, seguridad y prosperidad, y encontrando a la vez campo fértil para sus ideas, filosofías, teorías, con las que sistemáticamente se ha experimentado sobre un pueblo tradicionalmente puro y no contaminado con las aberraciones europeas del ateísmo práctico de aquellos filósofos y científicos que los demagogos se han encargado de difundir como grandes pensadores y aportadores con sus ideas a la humanidad. Pero no es otra cosa que el ir quitando mediante este sistema de penetración cultural, los verdaderos y genuinos valores en las personas, hasta llegar a dejarlos sin Dios ni conciencia, convertidos en autómatas masificados, fácilmente manejables y convenientemente utilizables.
Pero es menester vaciarlos antes. Vaciar su religión, su conciencia… dejarlos sin refugios para que sean siempre vulnerables y fácilmente «encontrables».
Que no tengan sentido de familia, de dignidad, de la vida, para que todo lo que consideran de valor sea el partido, el movimiento… y luego, en último lugar: ellos, los hombres.
Los hombres pasan… las instituciones quedan… dirán… poniendo a las instituciones en el supremo lugar, en el altar de los dioses a los que los demagogos dicen que hay que adorar.
Mientras tanto, el combate que se libra cotidianamente en las calles y en todo lugar, donde reina el miedo, el terror y la muerte por dos pesos. Esa guerra sin ejércitos ni policía que la combatan, puesto que las instituciones han sido desmanteladas convenientemente, o reducidas en sus tareas, acotando y supeditando sus funciones a otros burocráticos poderes, en la que los ciudadanos quedan expuestos en su integridad, en su seguridad, en sus derechos auténticos y genuinos de hijos legítimos de una nación que se supone «libre y soberana», y que sin embargo se encuentra subyugada por los demagogos, que se refugian y se valen de lo que ellos llaman: «la justicia del pueblo», donde el «mayor número», cualquiera sea la cantidad y calidad significa «todo el derecho y la razón».
Su poder está en «la urna electoral», a la que adoran como si fuera el arca de la alianza, y a la que hacen adorar a todo el pueblo, puesto que se lo convence de que solamente allí está su poder… el único que existe y el que les pertenece… ¡su mayor herencia está allí con todos sus derechos!…
Su mayor rango como ciudadanos y como seres humanos en la cumbre de la escala zoológica ¡es su derecho a votar!… en la posibilidad de elegir y de ser elegidos… lo que significa ya no sólo pertenecer a un lado o a otros en un país dividido a lo largo y a lo ancho en partidismos, sino ingresar, al ser elegidos, en una casta… en el otro tipo de división en capas de sociedad. Ya no en divisiones geográficas donde se pueden apreciar los colores de las zonas, de las regiones, de las provincias etc., sino de las escalas sociales divididas en castas y regidas por el mismo sistema sucesorio.
Si por fortuna, un ciudadano común, «salido del montón», como se suele decir, llega a ingresar al mundo de la demagogia, (para esto debe convertirse previamente a la religión de la demagogia), llegará a pertenecer o a iniciar una casta, donde compartirá secretamente al principio y luego ya no importará, los «beneficios de pertenecer».
Y bastará con que dé muestras cabales de su conversión con actos verdaderamente audaces a los principales «sumos sacerdotes» de la demagogia, quienes lo convocarán y lo ayudarán a colocarse en lugares de privilegio dentro de una de las castas de la demagogia, donde incluso podrá ir ascendiendo hasta tener él mismo su propia iniciativa demagógica y pasar a integrar ese ciclo donde a veces se es oficialismo y otras veces oposición.
Pero las castas, al ser divididas como las capas de un sándwich, abarcan toda la nación y llegan a cubrir todo el territorio, mientras que los partidarios de uno u otro demagogo se ven reducidos a una parte o fracción del imaginario mapa de la nación, no pudiendo avanzar sobre determinadas fronteras o no pudiendo salir de determinados círculos, puesto que están encerrados en una ideología, sobre la que se le ha convencido que la posee por decisión propia.
Aquél que pertenece o ingresa a estas castas, tiene sin embargo libre acceso a cualquier territorio. Puede llegar a donde quiera ir sin obstáculos ni problemas, ya que las castas a todos lados llegan.
Esto que parece un galimatías no lo es.
Los pueblos con un gobierno que no se desbarate al mandar, deben hacerlo desde una autoridad indiscutible. Pero si se comienza a discutir por qué tal o cual tiene el derecho de mandar, allí se derrumba la obediencia.
Cuando Nuestro Señor Jesucristo dice a Pilato: No tendrías sobre mí ningún poder si no se te hubiera dado desde lo alto, se refiere al origen genuino del poder que proviene de Dios, tal como lo tiene Él mismo.
Y ahí está entonces, donde el demagogo, quita a Dios del medio y hace esta pregunta: ¿por qué tal o cual tiene el derecho de mandar?
El preámbulo de nuestra constitución así lo dice: Dios, fuente de toda razón y justicia… y de Él todas las leyes… comenzando por las cósmicas, por las cuales los planetas se mantienen en perfecto orden y no se chocan, hasta las leyes que conocemos como naturales… comenzando por la ley gravitacional que nos mantiene pegados al piso. Y de ahí las leyes morales y las que le siguen, que en definitivas provienen todas de las mismas leyes sobrenaturales de Dios. Y ahí entonces el conflicto, y nuevamente la pregunta: ¿por qué tal o cual tiene el derecho de mandar?… ¿no es más justo que nosotros decidamos quien nos mande?
Cuando la única razón de que cualquier gobierno esté en el poder es la mayoría, a cada instante se lo puede poner en discusión, ya que las mayorías son sumamente inestables. Un partido la tiene hoy, pero mañana la puede perder. Y la peor infección ideológica que puede contraer cualquier pueblo es la de «la igualdad».
En la naturaleza y según cualquier otra ley, no hay dos seres iguales, comenzando por aquello que dice que somos únicos e irrepetibles.
En la naturaleza está dominada por una cualidad que se puede definir como: «aristocracia», que tiende a la selección natural de los más aptos y dominantes, y estos a su vez se encaminan a conducir y valerse de sus dominados, como los dominados, se inclinan a seguir y beneficiarse de los dominadores… jefes de manadas etc.
Esto mismo lo declaman con su conducta los más enardecidos que reclaman contra los privilegios y denuncian estas diferencias.
No les bastan las infinitas desigualdades que por naturaleza hay entre los hombres que crean otras artificiales que no les repugnan cuando son en provecho de ellos. Quieren distinguirse en alguna forma. Poseer una llave que abra las puertas cerradas para los demás. Conseguir una chapa oficial para su automóvil. Algún distintivo o medalla para su pecho o algún privilegio.
Cuando impera la doctrina de que todos somos iguales y lo contrario es discriminación, cualquier desigualdad engendra el sentimiento diabólico de la envidia. No envidiamos al que posee o al que manda, si éste es superior a nosotros, sino al que posee o nos manda, ¡siendo nuestro igual!
Mientras más pobre es una de espíritu, más confianza tiene en su propia capacidad, porque es incapaz de juzgar rectamente a los demás.
Se han declamado infinitas sandeces contra el derecho divino de los reyes y gobernantes, y contra la doctrina católica que dice que la autoridad del que gobierna no viene del pueblo sino de Dios.
Aún suponiendo que esta doctrina no fuera cierta, sería una de las más sagaces invenciones del ingenio y su antiquísimo autor, habría penetrado en las mentes humanas mucho mejor y más profundo que los modernos sociólogos y psicólogos de nuestra avanzada y post-moderna época, y habría comprendido que a la autoridad del que manda hay que darle un fundamento estable y natural, y no esa pobre contabilidad del sufragio universal. O sea: del voto de la mayoría, de la mitad más uno, que a cada minuto cambia.
Si no hay superioridad natural o sobrenatural permanente no hay jefe legítimo. Aquél que no se apoye más que en una votación, que no significa más que en una voluntad de ayer, no puede invocarla contra ella misma, si se siente distinta de ayer. Y aunque yo me haya comprometido a no cambiar de idea por un período de cuatro años, y en realidad la he cambiado y tengo la mayoría suficiente para hacerlo, ¿quién puede alegar derechos adquiridos contra esa mayoría?… ¡fuente única de toda autoridad!…
Fundar el poder sobre las mayorías, es asentar sobre arena el pesadísimo edificio del orden social. Se necesitan cimientos de piedra. Un solo voto que se cruce de vereda manda al diablo la autoridad que en él se fundaba.
En cambio, a un rey que reina porque es hijo de reyes y es heredero de una corona, no le pueden discutir sus títulos ni siquiera sus propios hermanos, porque él es el primogénito… y en todo caso; nunca serán muchos los que se sientan con derecho a discutírselo.
También a un jefe que manda porque se impuso a causa de su genio; César, Tamerlán o el mismo Mahoma… tampoco lo pueden discutir sino sus iguales y éstos no han de ser muchos.
Convencer a un pueblo que quien manda y lo oprime, no tiene más poder que el que ayer le prestó la mayoría, es quitar al gobierno su fundamento sagrado y hacerlo una simple criatura de la más caprichosa entidad que existe en el mundo: «la opinión pública», mujerzuela impresionable y tornadiza que hoy lleva al héroe coronado al capitolio, y mañana, sin dar tiempo a que se marchiten las flores de la popularidad lo despeña desde la roca Tarpeya.
Hoy piensa negro y mañana piensa rojo… y sigue creyéndose infalible…
¡Y pensar que hay filósofos de cabeza blanca, que no creen en la infalibilidad de la Iglesia con su unidad doctrinaria de veinte siglos… ¡pero creen en la infalibilidad de la mitad más uno!… que se rectifica cada seis meses… y se contradice cada año…
Por más vuela que se le de, la verdad es esta: el mundo no puede ser gobernado sino por hombres a quienes la naturaleza haya hecho superiores por el nacimiento, que son los príncipes hereditarios, o por el genio o el valor, que son los caudillos.
La tiranía de mil, que es la orgía demagógica, es mil veces peor que la tiranía de uno. La anarquía oprime a los individuos y da rienda suelta a la muchedumbre. La dictadura enfrena a la muchedumbre y da libertad al individuo. Cuando la tiranía del populacho se prolonga sobreviene tal desbarajuste, que el pueblo, ¡el verdadero pueblo!, ansía un libertador.
El hombre enérgico capaz de cortar las cien cabezas de aquella hidra monstruosa… y entonces ocurre éste asombro: El mismo pueblo que antes creía en su propia infalibilidad ya no piensa en elegir él mismo a ese libertador, porque intuitivamente sabe que todo producto de un plebiscito es un ser mediocre y que lo que se necesita aquí, es un ser superior.
Espera a alguien no electo y ni bien aparece, lo reconoce y arrojando por la borda como un lastre inútil la doctrina de la elección popular.
Alguna vez, aquél jefe no electo, que se impuso por su propio genio, ha tenido el capricho de convocar al pueblo para que sancione su autoridad…
Hay que ver la alegría con que el pueblo se precipita a las urnas demostrado cuan ufano está de hoy que lo llamen para endosar el hecho consumado.
Esto es un plebiscito: la firma del pueblo sobre la espalda de un dictador.
No hay ejemplo en la historia de que los plebiscitos hayan jamás resultado adversos a los grandes caudillos no elegidos.
El pueblo los vota siempre con entusiasmo… y si no lo votara, el no elegido se encogería de hombros y seguiría gobernando seguro de que su autoridad le viene de Dios y no del pueblo.
El verdadero pueblo tiene asco de la política y una romántica debilidad por esos jefes que suprimen la política.
El gran caudillo que no debe su autoridad al comité, es siempre un hombre superior, sanea el ambiente y libra al pueblo de los infinitos caciques de barro, cuyas pequeñas tiranías mortifican más que las complicadas institucionalidades de un rey absoluto.
Un grano de arena en el zapato es mil veces más fastidioso que un obelisco construido sin ley en medio de una plaza.
Y por un obelisco que se erige cada cuatro siglos con deficiencias institucionales, el cacique de barro me llena de arena los zapatos cada cuatro días. Esta larga explicación, talvez ayude a entender un poco mejor la decisión de algunos caudillos de derrocar esas formas de gobierno que finalmente resultaron molestas a gran parte de la sociedad, que vio con beneplácito como marcharon soldados y tanques por las calles de las ciudades argentinas.
Pero no hubo nobleza ni realeza en los más encumbrados mandantes y al parecer, su autoridad tampoco provenía de Dios.
Provenía sí de algunas de las castas aristocráticas institucionalizadas y hasta talvez hubo alguna intención, pero ningún intento fehaciente, por atenerse a las leyes supremas. Esas leyes que ponen arriba de todo y por delante de todo a la vida como valor supremo, luego la patria, la propiedad privada etc.
Con el agravante que entre los subordinados se infiltraron también muchos caciques de barro con sus «Motus propio operandi» y sin adherir fielmente al espíritu original de los liderazgos más altos, y aunque parezca increíble; arrastrando y precipitando a muchos de estos líderes de entonces al sitio mismo de los demagogos, quienes dando la espalda a sus antiguos postulados e ideales de levantar y llevar las banderas de Dios y de su Iglesia como signo de sus gobiernos, también cayeron en el lugar común del ateismo, en definitiva; quedaron muchos de ellos enmarcados en la misma demagogia atea que intentaron destruir y erradicar de la nación.
Esos líderes naturales que nacieron así, de acuerdo a una selección natural de la especie, para mandar, para conducir, para gobernar, se corrompieron.
Han corrompido, muchos de ellos su corazón y han pactado con aquél poder que lo promete todo y nada concede, porque no puede dar nada… porque no tienen nada. Han hecho de su corazón puro un manojo de corrupción insensible e insaciable. Los insensibles necesitan de cada vez mayores estímulos para seguir sintiendo. Como esos a quienes les gusta escuchar alto el volumen de la música y se van quedando sordos… insensibles. Entonces necesitan elevar cada vez más el volumen dado a su insensibilidad.
Igualmente pasa con el poder si no se posee pureza de corazón. El poder los va haciendo insensibles y necesitan cada vez más poder para sentirse poderosos. Necesitan que sus baños de masas sean cada vez más numerosos y frecuentes si lo que los ha llevado al poder son las masas.
Necesitan tener cada vez más dinero, si lo que los ha llevado al poder es el dinero… y por lo general no es una sola cosa, sino que se combinan los poderes; los legítimos con los ilegales y todos los demás.
Y así, ese círculo vicioso al que solo puede exorcizar un corazón puro de un rey, de un soldado, de un caudillo, cacique, presidente o lo que fuera, se apodera de éstos y los desvirtúa… pierden sus virtudes originales con que Dios y la naturaleza los habían dotado para bien de todos.