
No es bueno quedar confundidos ni que se nos confunda, y mucho menos es bueno dejarnos confundir con palabras engañosas que en apariencia estarían de nuestro lado defendiendo nuestras libertades.
Hemos hablado muchas veces de tomar de modo erróneo lo que se nos propone desde diversos estamentos sociales, gubernamentales, políticos etc. con total complacencia hacia nosotros, en un «dulce vaivén» de adormecida conciencia y lucidez, que nos permita ver más allá de lo que se nos está planteando y ofreciendo.
Cuando estas personas hablan en nombre de organismos y organizaciones, en apariencia de bien público, lo hacen desde una postura que parece superada y superadora… que va más allá del bien y del mal, como se dice ahora.
Que deja atrás viejos moldes y valores para asumir con modernidad los nuevos valores que ellos mismos plantean como tales.
Así es que se plantea la muerte a través del aborto y la eutanasia como «actos humanitarios». También la pena de muerte como acto de justicia, y la no discriminación, como uno de los más grandes avances sociales que ha tenido la humanidad en estos últimos tiempos.
Entonces, en nombre de «todos estos… ¿valores?»… ¡que no lo son!, por supuesto, hay que aceptarlo todo…, porque si no, uno es un retrógrado, un intolerante, un desestabilizador, un golpista conspirador del nuevo orden establecido, del «modelo», o en el peor de los casos, a uno lo agravian con el peyorativo adjetivo de ¡católico!… ¡qué barbaridad!
En nuestra «madre patria», de donde viene ahora la mayor podredumbre, quienes se están quedando sin descendencia, gracias a los abortos, a las uniones homosexuales protegidas y legalizadas por los gobiernos «laicizantes». Sin nuevos nacimientos, gracias a los anticonceptivos y contraconceptivos y sin tradiciones, porque ya casi «no quedan abuelos que cuenten historias», el gobierno de Gijón, ha emprendido esta engañosa propaganda, supuestamente antidiscriminatoria, donde las personas que no corresponden a los «patrones» postulados en la leyenda del cartel, somos imbéciles… porque «somos diferentes al común de la gente»…
Entonces no se nos acepta… no se nos respeta, se nos trata de imbéciles, porque no somos nada de lo que dice el cartel…
Y alguien desprevenido puede pensar: ¡Qué bien!… la verdad es que las personas tenemos todas el mismo derecho, sea cual sea nuestra condición…
¿Y entonces? ¿Por qué se nos tilda de discriminadores a los que somos discriminados? ¿Y por qué se nos califica de imbéciles por no tener ni pertenecer a ninguna de las condiciones a las que se refiere el cartel?
La adolescencia de la humanidad es cada vez más adolescente.
Hace algunos años los sociólogos afirmaban que la adolescencia se extendía en las personas muchos más años que en tiempos pasados y trataban de explicarse el fenómeno social buscando razones de cambio de hábitos de vida.
Pero se evidencia cada vez más que la adolescencia que padece la sociedad abarca todos los rangos de edades, ya que la adolescencia es un estado mental condicionante de las actitudes y formas de las personas.
El adolescente es el niño que desea alcanzar rápido la adultez para «gozar de sus beneficios», todas las cosas que le eran vedadas por la edad, pero al mismo tiempo es el adulto que añora la niñez y quiere volver a ella mediante juegos, vestimenta y actitudes que lo descentran de su condición de adulto.
Entonces va de un lado a otro en ciclos que hasta son simultáneos, ya que un adolescente es sumamente tímido y pudoroso, pero al mismo tiempo capaz de grandes papelones en público, sin importarle formas ni convenciones sociales, sólo colocarse en el centro de la escena.
Nos hemos convertido en adolescentes como sociedad, incapaces de reclamar, dado a nuestra timidez y cortedad ante quienes consideramos que saben más que nosotros y deben protegernos y responsabilizarse de nosotros como lo prometieron y manifiestan hacerlo desde las legislaciones y poderes públicos, y por otro lado nos desinhibimos para sumarnos al ridículo colectivo de las modas y «nuevos conceptos de vida» que se nos proponen.
Nos llenamos de dibujitos el cuerpo y la cara, y nuestros hijos andan todos pintados y llenos de clavitos que le atraviesan labios, cejas y orejas, o representando personajes por la calle que más bien parecen salidos de alguna novela de Emilio Salgari o de alguna otra pieza de terror.
Y todo lo que se ve por afuera, también está por adentro. Todo lo que las personas expresan en su vestido, en sus actitudes y en su cuerpo como personas, proviene de su interior. Y aún puede ser más estrafalario por dentro que por fuera, ya que circunstancias a lo mejor de trabajo o convivencias lo estén condicionando, pero él es dueño absoluto de lo que piensa y contiene su interior.
En las sociedades de las denominadas: avanzadas, del primer mundo…, las más civilizadas y adelantadas, es donde suelen aparecer esos casos de masacres en los colegios, en las oficinas y hasta en instalaciones militares, donde se supone tienen el control de todo.
Pero el hombre que no se construye desde adentro sólidamente… ¡equilibradamente!… y no pasa de su etapa de adolescente, no alcanzará la madurez que debe alcanzar para ser pleno.
¡No dejemos que adulteren nuestro futuro! Que no nos mientan. Pensemos en nuestros seres queridos, en nuestras familias… ¡observemos cómo se están criando nuestros hijos!… ¡con qué valores!

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